¿Censura o no al periodismo? El debate apenas comienza.

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* ¿Quién vigilará a quien vigile la información?

 

Por Jaume Osante.

 

Mire, hay algo en lo que prácticamente todos podemos coincidir: la desinformación sí representa un problema. Hoy basta un video fuera de contexto, una imagen manipulada o una mentira repetida miles de veces para afectar la reputación de una persona, provocar pánico o incluso influir en decisiones públicas.

 

Por eso, pensar en mecanismos para combatir ese fenómeno no debería escandalizar a nadie. Al contrario, es una necesidad de estos tiempos.

 

¿Quién decide qué es desinformación y qué simplemente es una investigación incómoda, una opinión crítica o un error periodístico?

 

Ahí es donde el debate deja de ser sencillo.

 

En los últimos días mucho se ha dicho sobre la reforma en materia de telecomunicaciones. Incluso han circulado versiones que aseguran que cualquier medio digital podrá ser sancionado o multado por publicar información que el gobierno considere falsa. Hasta ahora, eso no corresponde al contenido de la legislación. La regulación está enfocada principalmente en los concesionarios de radio y televisión, no en los portales informativos independientes. Ojo.

 

Y decirlo con claridad también es una responsabilidad. Si hablamos de combatir la desinformación, lo primero es no contribuir a ella. Sin embargo, eso no significa que todo esté resuelto.

 

La verdadera discusión no gira únicamente alrededor del texto de la ley. Gira alrededor de quién aplicará esas facultades y qué tan independiente será de los intereses políticos del momento.

 

Porque las leyes, por sí solas, no persiguen a nadie. Las personas sí.

 

Y la historia de México nos ha enseñado que una buena ley puede terminar convirtiéndose en un mal instrumento cuando quien la aplica deja de actuar con imparcialidad.

 

Por eso diversos especialistas y organizaciones dedicadas a la defensa de la libertad de expresión han insistido en un punto que vale la pena escuchar: cualquier órgano regulador necesita autonomía real. No autonomía los discurso, sino en los hechos. ¿Ok?

 

Y yo pienso que qquí conviene pensar más allá del gobierno actual.

 

No se trata de desconfiar de un partido en específico. Se trata de construir instituciones que funcionen igual de bien si mañana gobierna #Morena, el #PAN, #MovimientoCiudadano, el #PRI o cualquier otra fuerza política. Porque los gobiernos cambian y las leyes permanecen..

 

Y lo que hoy parece una herramienta útil para combatir campañas de engaño, mañana podría utilizarse para incomodar a voces críticas si no existen contrapesos suficientes.

 

Eso tampoco significa que los medios estemos exentos de responsabilidad.

 

Mire, la libertad de expresión nunca ha sido una licencia para inventar hechos. Nuestro compromiso debe seguir siendo el mismo: verificar información, distinguir entre datos confirmados y versiones, ofrecer contexto, ayudar a las personas a comprender que se esta haciendo, o no, rectificar cuando sea necesario y respetar el derecho de réplica.

 

La credibilidad sigue siendo el patrimonio más valioso de cualquier medio de comunicación.

 

Al final, la discusión no debería reducirse a escoger entre combatir la desinformación o defender la libertad de expresión.

 

Una democracia madura necesita ambas cosas.

 

Necesita herramientas para enfrentar campañas deliberadas de manipulación, pero también necesita periodistas capaces de investigar sin miedo y ciudadanos con la libertad de formarse su propio criterio.

 

Cuando el poder concentra demasiadas facultades sobre la información pública, la vigilancia ciudadana deja de ser una recomendación y se convierte en una obligación.

 

La democracia no se fortalece cuando desaparecen las voces críticas.

 

Se fortalece cuando esas voces pueden expresarse libremente y sus argumentos se responden con transparencia, no con intimidación.

 

Porque callar también es decidir… ahí se los dejo, para pensarlo con calma o con coraje.